Edith Stein
Edith Stein, maestra de espiritualidad
Entrevista a Jesús Castellano (marzo 2004)
Edith Stein (1891-1942), judía, filósofa, mártir, carmelita santa y compatrona de Europa, se consideraba una persona súper litúrgica, contemplativa y sumamente activa antes y después de su ingreso en el Carmelo.
–¿Podemos considerar a Edith Stein como una precursora de la espiritualidad litúrgica del Vaticano II?
Lo podemos afirmar sin titubeos. Ella vive en los albores del movimiento litúrgico en Alemania, conoce a algunos protagonistas de este despertar eclesial, como Romano Guardini y Odo Casel; tuvo como patria espiritual uno de los centros propulsores del movimiento litúrgico alemán, la abadía de Beuron, donde el abad Rafael Walzer fue su director espiritual.
Se considera «una superlitúrgica» por su sensibilidad ante el misterio y por el buen hacer y celebrar la liturgia. Y aporta con su libro «La oración de la Iglesia», un texto clásico sobre la Eucaristía, sus raíces judías y su dimensión espiritual.
–¿Por qué no se conoce la aportación litúrgica de Edith Stein, ella que estuvo en la vanguardia con Guardini y con otros grandes maestros de la liturgia de su tiempo?
Edith es una figura polifacética. La admiramos como fenomenóloga y filósofa, como interprete de santo Tomás, de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz. Sus escritos son numerosos.
Este fragmento de su espiritualidad, que es un fragmento que contiene el todo, se ha ido descubriendo poco a poco, sobre todo cuando se ha tratado de contextualizar su itinerario espiritual, las raíces de su educación en la liturgia judía, sus influjos y su participación en la espiritualidad de su época y cuando se trata de descubrir algunos escritos suyos donde se manifiesta sobre todo su vena teológica y espiritual.
Hay todavía textos inéditos y otros que no son muy conocidos, como el diario de su retiro espiritual en preparación a su profesión perpetua (10-21 de abril de 1938), una verdadera joya de espiritualidad del misterio pascual vivido con María.
–Edith, antes de ser una contemplativa fue una mujer de acción. ¿Supo conjugar bien la oración litúrgica con la oración personal?
En ella no hay dicotomías. Todo lo que vive y trata tiene el toque de una fenomenóloga que va hasta el fondo vital de la experiencia.
Y en su libro «La oración de la Iglesia» hace una hermosa apología de la imprescindible dimensión de la oración personal y de su valor eclesial hasta afirmar que toda oración personal es oración eclesial.
Era una contemplativa sumamente activa, antes y después de su ingreso en el Carmelo, como demuestra su actividad y sus escritos.
–¿Es exagerado ver en Edith Stein un modelo de espiritualidad litúrgica femenina?
Es evidente que toda la experiencia de Edith tiene el toque de su mirada de mujer, su corazón y su empatía femenina, con un toque de delicadeza y de profundidad.
A su modo es un modelo de espiritualidad femenina si la entendemos como personificación de lo femenino de la Iglesia esposa, de su actitud mariana, de su recurso a las mujeres santas, de algunas expresiones de fina poesía y sensibilidad como sus invocaciones al Espíritu Santo.
–¿Qué es la espiritualidad eucarística, según Edith Stein?
Algo tan sencillo como vivir como respuesta vital ante la conciencia del don que supone la Eucaristía: ante la presencia responder con la oración ante el Santísimo y la eucaristía diaria; ante el don de la comunión con el agradecimiento a quien nos nutre con su carne y su sangre «como una madre su hijo», ante el sacrificio eucarístico acogiendo el don y haciéndolo vida como ofrenda espiritual. Zenit
Thomas Merton
- THOMAS MERTON (1915-1968)Poeta y maestro espiritual
La vida de Thomas Merton tiene su gran resumen en La Montaña de los siete círculos.. La síntesis de su pensamiento místico y antropológico que desvela el misterio de su propia vida y desentraña las razones por las cuales quiso vivir cuando descubrió que tenía un largo camino por recorrer después de su conversión. Es un trabajo de síntesis entre su propia experiencia monástica, su experiencia de director espiritual y sus incursiones en la mística de oriente y maestros zen. Si Bernardo de Claraval dijo que su vida era una quimera, Merton se califica a si mismo como una paradoja.
Fue uno de los poetas jóvenes de mayor promesa de la nueva poesía norteamericana. De padres norteamericanos, nace casualmente en Prades (Francia) y se educa en las Universidades de Harvard y Cambridge. Combatiendo como soldado en la última guerra mundial, abraza la fe católica. En 1941, dos años después de convertirse al catolicismo, ingresó en el monasterio trapense de Nuestra Señora de Getsemaní en Kentucky. Se ordenó sacerdote en 1949 y adoptó el nombre de padre Luis.
La montaña de siete círculos (1948), su autobiografía, es su obra más famosa. También escribió Las aguas de Siloe (1949) y El signo de Jonás (1953), dos volúmenes sobre la vida de los trapenses; Semillas de contemplación (1949) y La vida silenciosa (1957), libros de meditación, así como varios libros de poesía Figuras para un Apocalipsis (1947), Las lágrimas de los leones ciegos (1949) y Las islas extranjeras (1957).
Merton simpatizó con fenómenos modernos como el movimiento pacifista, el movimiento por los derechos civiles y el renacimiento litúrgico. Murió en 1968 a causa de un accidente mientras asistía a una conferencia entre cristianos y budistas en Bangkok.
Raimon Panikkar
Desde muy joven se sintió monje, pero un monje sin monasterio. Está interesado en el monje que hay en cada uno de nosotros. Defiende el arquetipo de monje estudiando la quintaesencia del monaquismo para abrir camino a los “nuevos monjes”.
Entiende por monje aquella persona que aspira a conseguir el supremo objetivo de la vida con todo su ser, mediante la renuncia y despego de todo aquello que no sea necesario para poderse concentrar en un único y singular objetivo. Tiene el deseo de ser libre y liberado. Todo aquello que no sea escalera para subir es ignorado y todo aquello que no es camino es marginado. Ser monje es una cosa muy personal.
El monje no llega a ser monje por un proceso de reflexión o por el deseo de Dios sino como resultado de un impulso, de una llamada fruto de una experiencia que le lleva a hacer un cambio para llegar a tener aquella “cosa” que trascienda toda cosa y que solo puede articular sirviéndose de la praxis de su propia vida. La búsqueda de la perfección supone la búsqueda de una vida llena de sentido y de gozo. El monje dentro de un marco institucional sufre del hecho de que sus impulsos vitales hacia la plenitud humana quizás acaban siendo absorbidos por la institución totalizante a menudo sacrificados en bien de la institución. Afirma que es posible la santidad i la búsqueda del absoluto fuera de toda institución monástica.
Todo monje busca la perfección que consiste en encontrar el centro donde está el equilibrio. Si buscase la periferia no podría conseguir aquella indiferencia equidistante de todo. Ser monje para Panikkar es buscar este centro, anhelarlo. En tanto intentamos unificar nuestras vidas en torno al centro ya tenemos algo de monje. El monaquismo cristiano que no es el único está obstinado en la búsqueda del Absoluto pronto a romper todos los obstáculos que se le puedan poner en el camino en su peregrinar hacia Dios.
Raimon Panikkar es una autoridad internacional en espiritualidad, historia de las religiones y diálogo intercultural. Su obra, traducida a varios idiomas aparece en las bibliografías de las más importantes universidades del mundo. Nacido en Barcelona en 1918 (ahora 83 años), hijo de un industrial indio radicado en Cataluña y de madre catalana amante de las artes. El padre fue a Inglaterra a estudiar ingeniería química, y en 1916 fue a trabajar a Barcelona donde se casó y se quedó. Panikkar es un título nobiliario del sur de India, designa la casta malabar más alta, en Kerala. Salvador Pániker (en castellano) es su hermano, otro de los grandes pensadores españoles, filósofo, industrial, editor y escritor.
Doctor en Filosofía (Madrid), en Química (Madrid) y en Teología (Roma). ha enseñado en las principales universidades de América, Europa y la India. En 1966 fue nombrado profesor de la Universidad de Harvard y durante las dos décadas siguientes dividió su tiempo entre la India y Estados Unidos.
Amigo de Habermas, de Hans Küng y de algunos de los más importantes filósofos actuales con los que coincide a menudo en simposios internacionales es un pensador experto en conciliar posiciones aparentemente inconciliables. Su estudio se basa en la cultura India, en la historia y en la filosofía de las religiones. Se ordenó sacerdote en 1946 y fue uno de los miembros relevantes del Opus Dei, institución que posteriormente abandonó. Hoy se considera, además de católico, hinduista y budista.
Es autor de más de 40 libros en diversos idiomas y de unos mil artículos que abarcan desde Filosofía de la Ciencia a Metafísica, Religiones Comparadas e Indología. Es fundador y presidente de Vivarium, una fundación dedicada a promover el diálogo intercultural. Actualmente reside (desde 1982) en una zona rural de Pre-pirineo catalán, desde donde continua desarrollando su obra.
En castellano ha publicado entre otras: La trinidad y la experiencia religiosa (1989); El Cristo desconocido del hinduismo (1994), Ecosofía (1994), Paz y desarme cultural 1993; El silencio de Buda. Una introducción al ateísmo religioso (1996), La experiencia trantropocósmica. Filosofía y Mística. Invitación a la Sabiduría. La plenitud del hombre. Elogio a la sencillez (1993). La experiencia religiosa de la India (1997). Iconos del misterio.
En catalán ha publicado “Benaurada Senzillesa” (1988) Es un estudio básico del monje como arquetipo universal basado en el concepto de que la dimensión contemplativa es innata a todo ser humano.(recomended)
Maestro Eckhart
Anthony de Mello
Nació en Bombay (India) en 1931. Sintiéndose llamado al sacerdocio, inició sus estudios en la Compañía de Jesús, en Poona. Transcurrida esta trascendental etapa de tu vida, se graduó en sicología, carrera que siguió en América.
Fue un profeta para nuestro tiempo. Comenzó como director de almas dirigiendo Ejercicios Espirituales para novicios, labor que continuó durante toda su vida. Se basó en la metodología, principios y fuerza de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola en los que introdujo los ingredientes propios de su personalidad. Fueron numerosos sus retiros para la renovación del espíritu trabajando en el Movimiento Carismático con gran intensidad.
Se llamaba a sí mismo ” rolling stone” (canto rodado), siempre listo y dispuesto para lanzarse a nuevos derroteros para dar paso al espíritu, tremendamente activo y contemplativo..
Desafiaba a todos a cuestionar, examinar y liberarse de los modelos establecidos de pensar y actuar para acabar con toda clase de estereotipos y atreverse a ser verdaderamente uno mismo buscando la autenticidad en la voluntad de Dios. Como Director Espiritual, su objetivo era que todos pudieran vivir con mayor autenticidad su libertad de hijos de Dios y los orientaba, con la gracia del Padre, a despertar a la realidad de todo su potencial humano, espiritual y místico confrontandoles con su propia rigidez, autocomplacencia, dureza de corazón e hipocresía.
La expresión sánscrita sádhana, que puede traducirse por espiritualidad, fue la que quedó identificada con Tony para toda su vida. Sus cursos de sádhana, duraban alrededor de nueve meses. Con el tiempo creó los Cursillos de Renovación, orientados a la exploración de nuevos derroteros. Con el tiempo se convirtieron en verdaderas terapias individuales y grupales, en las que, además, aplicaba sus conocimientos y aprendizaje como psicólogo. Eran invitados a participar, más que nada, religiosos y religiosas.
Tras quince años dedicados a la actividad de Director Espiritual y guía de almas, escribió su libro con el título de “Sádhana, un camino de oración“. Escrito desde la fe, y enlazando una rigurosa tradición cristiana oracional con la milenaria sabiduría oriental, Sádhana desarrolla la misión contemplativa del hombre en un horizonte insospechado de búsqueda de Dios. Con el tiempo este libro ha sido calificado como un texto del arte de la Contemplación.
Sus obras escritas para personas de diferentes credos religiosos y también para los agnósticos, han sido traducidas a varios idiomas. Las citamos: “Sádhana, un camino de oración” ; ” El canto del pájaro” (cuentos); “El Manantial” (ejercicios espirituales); “¿Quién puede hacer que amanezca?” (cuentos).
Sus obras póstumas publicadas después de su muerte son: “La Oración de la Rana” (relatos); “La Oración de la Rana II” (relatos); “Una llamada al amor” (meditaciones); “Un minuto para el absurdo” (cuentos) ; “Contacto con Dios“.
“La Iluminación es la Espiritualidad“, es un curso completo de autoliberación interior.
Murió de un fulminante ataque cardíaco en la Universidad de Fordham, la misma noche de su primer día en Nueva York, tres meses antes de cumplir los cincuenta y seis años Sus restos descansan en el Cementerio de la Iglesia de San Pedro, en la ciudad de Bandra, donde había sido bautizado.
Krishnamurti
Jiddu Krishnamurti es considerado como uno de los grandes filósofos de los tiempos modernos, así como religioso sin religión, orador, escritor y educador. Nació en Madanapalle, al sur de la India, el 12 de mayo de 1895 y murió el 17 de febrero de 1986 en California, Estados Unidos de América.Educado por la Sociedad Teosófica, renunció a dicha Sociedad tras el discurso de disolución de la Orden de la Estrella en el que afirmaba: “La verdad es una tierra sin caminos”. A partir de esta renuncia comenzó su propio camino de difusión de lo que se conoce como sus Enseñanzas.
A lo largo de su vida habló en diferentes partes del mundo, tanto en grandes audiencias públicas, como en diálogos personales con científicos, líderes religiosos, políticos, psiquiatras, educadores y gente común de la calle. Entre ellos podemos nombrar a Jawaharlal Nehru, Leopoldo Stokowski, Aldous Huxley, Bernard Shaw, el Dalai Lama, David Bohm, Maurice Wilkins. A través de las Fundaciones, que él mismo creó, se han publicado más de sesenta libros en donde se expone su amplio mensaje hacia una comprensión total del ser humano. También fundó varias escuelas con el propósito de generar una educación que llevara al estudiante y a los profesores a descubrir el arte de vivir y el verdadero significado de la vida misma.
Encargó a Mary Lutyens el trabajo de confeccionar su extensa biografía y, en cuatro tomos, ella hace un relato verdaderamente exhaustivo de la profunda experiencia espiritual que a la edad de 27 años transformó por completo la vida de Krishnamurti. A partir de ahí, y como un hombre totalmente libre de ataduras, nos brinda todo su saber en la búsqueda de la verdad, despojada de doctrinas y dogmas.
- Tomo I – Los Años del Despertar
- Tomo II – Los Años de Plenitud
- Tomo III – La Puerta Abierta
- Tomo IV – Vida y Muerte de Krishnamurti
También Pupul Jayakar escribió una interesantísima biografía con un enfoque diferente, centrado principalmente en los largos períodos de sus estancias en la India:
Leonardo Boff
Diversos maestros
Casiano Floristán
Al amanecer del 1 de enero de 2006 fallecía en Pamplona mi entrañable amigo Casiano Floristán, que había nacido en Arguedas (Navarra) el 4 de noviembre de 1926. Ha sido una de las personalidades más relevantes del panorama teológico español de la segunda mitad del siglo XX. Cuando esa fría mañana recibía la noticia me vino a la mente el verso de García Lorca por la muerte de su amigo Ramón Sijé: Se me ha muerto mi maestro y amigo Casiano, “con quien tanto quería”. Han sido muchas las peticiones que he recibido de escribir una semblanza suya en las pocas horas que han pasado desde su fallecimiento, “tú que fuiste su mejor amigo”, me argumentaban. Y precisamente esa razón tan cierta es la que me ha impedido escribir. Por más que lo he intentado, las teclas del ordenador se me han resistido durante todo el día y los dedos se me han quedado inmovilizados. Es ahora, en plena noche –noche oscura del alma ésta para mí y para tantos amigos- cuando me he puesto a intentarlo de nuevo, aunque no sé con qué fortuna. Tras 33 años, primero de discipulado y luego de colaboración, de sintonía, de complicidad, de comunicación fluida, de trabajo conjunto, de conversaciones a diario y de amistad, me gustaría resumir en pocas líneas mis impresiones muy personales sobre Casiano Floristán, no sé con qué fortuna. Pido disculpas de antemano.
Cinco son los rasgos de su personalidad que me gustaría destacar: la honestidad con la realidad, el sentido crítico, el compromiso con los pobres, el sentido universalista y la sinceridad para con Dios.
1. Poco amigo de flotar sobre las nubes o de emprender huidas hacia delante, Casiano tuvo siempre la realidad como su lugar natural, su residencia permanente, pero no la realidad tozuda que se pliega a los hechos brutos, sino entendida dialécticamente, con su cara y su cruz; no la realidad plana y cerrada sobre sí misma, sino siempre abierta, en tensión hacia el ideal y generadora de esperanza; no la realidad en la que instalarse cómodamente, sino la que hay que transformar desde criterios ético-evangélicos. Esa honestidad le llevó, en su paso de la adolescencia a la juventud, a cursar estudios de Ciencias Químicas de 1945 a 1950 a la universidad de Zaragoza. El estudio de las ciencias generó en él una especial sensibilidad por la inducción y los datos empíricos, que ya nunca le abandonaron y se dejaron sentir posteriormente en su actividad teológica y pastoral de manera muy acusada.
La misma honestidad influyó más tarde en su decisión de estudiar teología en Innsbruck (Austria) de 1956 a 1958 y en Tubinga (Alemania) de 1956 a 1958. El estudiante de Ciencias Químicas convertido en seminarista buscaba un rigor científico que no encontró en la universidad pontificia de Salamanca, donde realizó los primeros estudios de filosofía y teología. En Innsbruck vivió en un clima intelectual, espiritual y cultural extraordinario. En el Seminario internacional donde residía se respiraba un aire intercultural, ya que en él convivían más de cien estudiantes de diferentes países y continentes: estadounidenses, asiáticos, alemanes, suizos, checos, austriacos, españoles, etc.
En la facultad de teología de Innsbruck siguió las clases de Jüngmann y de los hermanos Rahner, Karl y Hugo. Del primero le impresionaron la universalidad de sus saberes, la capacidad de síntesis, los cuestionamientos radicales a la teología clásica y la contribución al giro antropológico de la teología en general y de sus diferentes tratados. Casiano consideraba a Rahner un pensador socrático. En Innsbruck conoció a Johann Baptist Metz, creador de la teología política, que por entonces preparaba su tesis doctoral con Rahner. Convivió unos meses con Küng, con quien coincidiría años más tarde en la dirección de la revista internacional de teología Concilium. Mantuvo contacto con Walter Kasper, quien sucedió a Geiselmann en la cátedra de Teología Fundamental.
La honestidad con la realidad jugó un papel fundamental en el tema de su tesis doctoral: La vertiente pastoral de la sociología religiosa. La sociología religiosa fue para él herramienta para el análisis, el conocimiento y la transformación del catolicismo, y una de las principales mediaciones de su actividad pastoral. La realidad socio-religiosa fue el acto primero de su ser cristiano y el análisis sociológico de dicha realidad se tornó “palabra primera” de su discurso. Accedió a la cátedra de Teología Pastoral de la Universidad Pontificia de la Salamanca en 1960, actividad que desarrolló ininterrumpidamente durante 36 años. Su llegada a Salamanca supuso una esperanza de renovación, pero también una fuente de tensiones con los sectores conservadores de la Universidad salmantina remisos a los aires renovadores. En 1963 se hizo cargo de la dirección del Instituto Superior de Pastoral, que él convirtió en lugar de diálogo con la secularización, de renovación eclesial y de encuentro intercultural. Por ello fue objeto de críticas de los sectores conservadores del catolicismo español y de control del episcopado español. Pero el principal aval del Instituto y de Casiano Floristán fue el concilio Vaticano II, horizonte global de su itinerario teológico y un tema de reflexión permanente. En realidad el Vaticano II no constituyó una novedad para él, que había tenido como maestros y colegas a algunos de los principales inspiradores del Concilio, del que él mismo fue perito.
Su formación teológica en Alemania desembocó derechamente en el cultivo de la teología pastoral o práctica, de la que fue pionero en España. Yo solía decirle con sentido del honor que era el primer pastoralista de España y quinto de Alemania. Cuando accedió a la cátedra salmantina, la teología pastoral no pasaba de ser un recetario para la correcta administración de los sacramentos y la “cura de almas”. Fue él quien dio estatuto académico riguroso a una disciplina devaluada en el concierto de los saberes teológicos y quien la situó en plano de igualdad con el resto de las materias teológicas y en el horizonte de la razón práctica. La principal característica de la disciplina recreada por Floristán fue la interdisciplinariedad. Él la puso en contacto con las ciencias sociales y con la teoría teológica. Introdujo en ella la exégesis bíblica y desarrolló una teoría litúrgica a partir de la teología de los misterios de O. Casel.
2. El sentido crítico ante la realidad fue una de las actitudes básicas de Casiano, que bebió de dos fuentes: la cultura ilustrada y el Evangelio. No fue de esos teólogos que se sometieran servilmente a los dictámenes del magisterio eclesiástico, ni acataran las directrices de la jerarquía poniéndose una venda en los ojos. Su pertenencia a la Iglesia y su reflexión teológica estuvieron guiadas siempre por una adultez crítica. Impulsó la creación de colectivos teológicos críticos como la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, de la que fue presidente desde su fundación en 1980 hasta 1988, y la Asociación Europea de Teólogos Católicos, y participó activamente en la puesta en marcha y animación de diferentes movimientos cristianos de base. Su crítica fue serena y constructiva, nunca ácida e iconoclasta.
3. Casiano Floristán fue un teólogo activo en perspectiva universal. Durante más de treinta años hizo frecuentes viajes a América Latina y a Estados Unidos. Estuvo en los orígenes de la teología de la liberación junto con Gustavo Gutiérrez, Segundo Galilea, Juan Luis Segundo y José Comblin. Su sensibilidad universalista le llevó a encarnarse entre los hispanos de los Estados Unidos, junto con Virgilio Elizondo, cultivador de la teología del mestizaje.
4. En Vallecas tuvo lugar su encuentro con el mundo de la marginación, que se convirtió desde entonces en lugar social de su magisterio teológico, de su actividad pastoral y de su compromiso con los excluidos. Fue allí donde descubrió la dimensión política de la fe, la realidad de los pobres de carne y hueso con sus rostros famélicos y su voz silenciada, sin derechos ni libertades, y donde valoró la importancia de la organización y de la movilización de los sectores marginados en su lucha por la liberación.
5. La sinceridad para con Dios fue otro rasgo importante de la personalidad, inseparable de la honestidad con la realidad. En la universidad de Zaragoza vivió una experiencia religiosa profunda que desembocó en la vocación sacerdotal, primero, y en el estudio de la liturgia y la práctica pastoral, después. En sus estudios sobre la liturgia y en sus celebraciones siempre huyó de la racionalización del misterio y buscó la aproximación simbólica a Dios. Para él la liturgia no era una forma ritual al uso, sino una actitud existencial en el horizonte de la crítica profética del culto y de su vinculación con la justicia; no era ritualidad mágica sino acción simbólica. Liberó a los sacramentos de la cautividad mágica en que estaban inmersos, los pensó simbólicamente y los celebró en el seno de la Comunidad de la Resurrección, que él puso en marcha el emblemático año 68 y animó hasta los últimos días de su vida.
Junto con el dolor nos queda el recuerdo de una vida en libertad, justicia y solidaridad y su obra de más de veinte títulos -algunos de los cuales ideamos, dirigimos y escribimos juntos en una colaboración fecunda que comenzó allá por el 75, siendo yo doctorando suyo, con un trabajo bibliográfico sobre el concilio Vaticano II, diez años después de su celebración-, que constituyen, junto con su sinceridad y honestidad, el mejor legado que puede dejarnos. A ellos remito a quienes quieran saber más de Casiano Floristán.
Hans Küng
KÜNG, UN TEÓLOGO CON MEMORIA CRÍTICA
CASIANO FLORISTÁN, profesor emérito de Teología Práctica en la Universidad Pontificia de Salamanca
Mis palabras de introducción al homenaje que la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII tributa hoy a nuestro querido amigo Hans Küng no pretenden ser una laudatio académica en toda regla, sino agradecimiento sencillo -y si cabe, con humor- por sus contribuciones teológicas, fecundas y alentadoras para muchos de nosotros.
Vi por primera vez a Hans Küng en junio de 1960, en el patio del seminario católico Wilhelmstift de Tubinga con su pelo ondulado, tupé rubio, gafas “Truman”, tez curtida por los aires y soles del montañismo y la natación, mirada socarrona, sonriente y apuesto. Iba con sandalias sin calcetines, más parecido a un franciscano de Asís que a un jesuita de Roma. Sospecho que sus zapatos los dejó en el Colegium Germanicum et Hungaricum de Roma, donde cursó tres años de filosofía y cuatro de teología (1948-1955). Llamativo contraste: mientras que algunos españoles subíamos a Alemania a estudiar teología, un suizo-alemán bajaba a cursarla en la Gregoriana de Roma. Dice Küng en sus memorias con ironía: “la Roma católica me convirtió en un católico frente a la Roma de la curia”. Ejemplar conversión.
Hans se ordenó sacerdote diocesano el 9 de mayo de 1955 y celebró su primera misa en la cripta de San Pedro, debajo de la cúpula vaticana, sin que se conmovieran sus cimientos. Sin duda, hubo amigos y familiares sólidamente cristianos que rezaron para que el misacantano saliese airoso de sus futuros combates con los responsables de la curia romana. Ese día le rodearon sus padres y hermanos, tres varones y cinco mujeres. Hans es el mayor y todos han hecho piña a su alrededor cuando ha recibido un premio académico o un monitum de la Congregación de la Doctrina de la Fe, otrora Santo Oficio, vigilado por los cardenales, Ottaviani primero y Ratzinger después.
Al volver de estudiar en Roma y pasar por su casa familiar de Sursee, pueblo suizo donde había nacido en 1928, camino de París para obtener su doctorado, se puso unos zapatos ecuménicos del almacén de su padre, comerciante de calzados, con cuya compraventa se ganaba el pan y las salchichas para su familia numerosa.
En los dos años de París redactó brillantemente su tesis sobre la justificación en Karl Barth, teólogo protestante suizo, con quien trabó gran amistad. La publicación de su trabajo causó sensación, tanto en los medios teológicos católicos como en los protestantes. Empezó a ser conocido en toda Europa, a repensar la teología de arriba abajo y a ser vigilado por monseñores germanos y romanos. Los guardas suizos del Vaticano -por respeto a su paisano- quedaron al margen.
Después de la tesis doctoral tuvo tiempo de trabajar, entre 1957 a 1959, en la pastoral directa en Lucerna, sobre todo con gente joven. Además, llegó a ser profesor auxiliar en la Universidad de Münster de 1959 a 1960.
Entonces recibió la llamada de la Universidad de Tubinga. Se hizo cargo a sus 32 años de la cátedra de teología fundamental en la Facultad de Teología Católica, famosa por su escuela -la escuela de Tubinga-, primero protestante y después católica. Justamente en enero de 1959, un año antes, había convocado Juan XXIII el Vaticano II. Casualmente yo había defendido y aprobado en diciembre de 1959 mi tesis sobre las relaciones entre la pastoral alemana y la sociología religiosa francesa, bajo la dirección del pastoralista Arnold. Por Arnold supe que el claustro de la Facultad católica de Tubinga había aceptado en 1959 a Hans Küng como catedrático en lugar de Urs von Balthasar, exquisito teólogo de la estética, la dramática y la música celestial. Desde el principio de su docencia, las clases de Küng fueron apasionantes, alabadas y discutidas, originales y valientes.
Por cierto, yo regresé de Tubinga a mi diócesis de Pamplona con mi doctorado en pastoral. Al parecer era el primero que obtenía este título en España. Un cura navarro guasón, amigo mío, me presentó a los sacerdotes diocesanos así: este es Casiano, primer pastoralista de España y quinto de Alemania.
Volvamos a Tubinga. Los profesores Küng y Ratzinger, de la misma edad, coincidieron amigablemente tres años en la Facultad de Teología de esa preciosa ciudad, de 1965 a 1968. La revuelta estudiantil del 68 ahuyentó a Ratzinger de la Tubinga liberal a la Babiera conservadora y afianzó a Küng en su cátedra, tapizada de libertad y de verdad. Uno llegó a ser el vigilante de la fe y otro el vigilado. Ratzinger se apuntó a las decisiones inquisitoriales y Küng a las preguntas inquisitivas.
En poco tiempo se hizo Hans con el dominio de las principales lenguas europeas. Lo pude comprobar anualmente en las reuniones de la revista internacional Concilium, durante la semana de Pentecostés, a lo largo de dieciocho años, a partir de 1973, en cuyo consejo editorial ingresé con Gustavo Gutiérrez. La revista Concilium había sido fundada en 1964 por los teólogos Rahner, Congar, Schillebeeckx y Küng. Las discusiones de Küng con los colegas germanos, franceses y angloamericanos sobre cualquier tema, en cualquier idioma, eran admirables.
En 1975 fui a la reunión anual de Concilium, aquel año en Nimega, con la encomienda -por parte de unos curas de Vallecas- de traer una buena suma de marcos o dólares para pagar las homilías multadas de aquellos clérigos inquietos y ayudar a los curas que estaban en la cárcel concordataria de Zamora jugando al mus. Pasé la gorra y obtuve el equivalente de lo que entonces costaba un Seat 600. No sólo fue Küng el más generoso, sino que me dijo: “Si no basta, me lo dices”.
En una ocasión, estando reunido el consejo de dirección de la revista Concilium, me dijo en voz baja Christian Duquoc, teólogo francés, delicado de salud y fino de humor: “Estos alemanes son extraordinarios; cierran por la noche el bar del hotel, donde se quedan hasta las tantas, y al comenzar temprano la reunión a la mañana siguiente, discuten como si tal cosa de metafísica”.
Al final del encuentro nos predicaban Rahner o Congar -uno sordo y otro en silla de ruedas-, pero maestros espirituales indiscutibles de la eucaristía final, celebrada en gregoriano y en latín. Menos mal que nunca se asomó por allí un grupo de progres del 68 para increparnos de reaccionarios. Definitivamente quedé admirado de aquellos grandes teólogos: eran piadosos y cantaban bien el gregoriano. Hans Küng sabía más latín que los demás, ya que lo había perfeccionado en Roma a base de silogismos.
Soy testigo del cambio que, por influencia de Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, hicieron los teólogos de Concilium respecto de la teología de la liberación, reconocida con magnanimidad. Hubo quienes aprendieron castellano para leer directamente los textos básicos latinoamericanos, editados en España, que yo me encargué de que los recibieran. Desde entonces fue tratada la teología de la liberación en Concilium con mimo, en el contexto lógico de alguna que otra discusión fraterna.
Las críticas de Küng sin pelos en la lengua a la curia romana han sido siempre claras y contundentes. “La nueva teología conciliar y posconciliar -afirma- apenas ha entrado en la curia”, en la que “se mantienen los privilegios y prerrogativas romanos usuales desde la Edad Media”. No cede Hans a los chantajes, huye de los aduladores y no se considera un “lobo solitario” ni un teólogo con “afecto antirromano”. Eso sí, pincha con una aguja fina los globos inflados de la curia, algunos llenos de aire y escasos de espíritu.
Nombrado en 1962 por Juan XXIII “perito conciliar”, trabajó activamente en el Vaticano II. Vivió paso a paso las cuatro sesiones conciliares, examinó los esquemas y los juzgó -antes y después- con lucidez singular. Como sabía escribir muy bien en latín, redactó muchas propuestas para que los obispos amigos renovadores las llevasen al aula conciliar. “No pongas mi intervención en un latín demasiado culto -le dijo una vez el cardenal belga Suenens- porque los obispos del Concilio no lo entienden. Hazlo en un latín macarrónico”.
Küng reconoce que el Concilio aceptó una serie de propósitos reformadores centrales. “A pesar de todas las decepciones- afirma-, el Concilio ha merecido la pena”.
Describe en el primer tomo de sus memorias los rasgos de los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI con vigor y sin acritud, con seriedad y una buena dosis de humor. Esperamos su juicio sobre Juan Pablo II en el segundo tomo. Retrata a los grandes teólogos que ha conocido, valora y pondera sus contribuciones, admira a los exégetas seriamente documentados y muestra sintonía con los métodos histórico-críticos, que conoce y utiliza. Tiene párrafos que divulgan cuestiones de teología, describe con agudeza a personas, alude frecuentemente a la realidad política y mira con penetración países, paisajes y paisanajes.
Perito oficial del Vaticano II, ha sido discutido por sus escritos. Propuesto en una consulta popular como candidato al obispado de Basilea, la Congregación de la Doctrina de la Fe le retiró en 1979 la misión canónica de enseñar en la Facultad de Teología de Tubinga. No podía ser considerado teólogo católico. Pienso que esto le ocurrió, no sólo por sus consideraciones teológicas, sino por sus desconsideraciones respecto del Papa y del Opus.
No obstante, siguió en esta prestigiosa universidad estatal como profesor interfacultativo de teología ecuménica por decisión del rectorado. Su lema es “decir una palabra clara, con franqueza cristiana, sin miedo a los tronos de los prelados”. Cuando le dicen “siempre fue así”, contesta: “¿Fue siempre así? ¿Y tiene que ser siempre así?”. Le han acusado de que ha hecho todo “demasiado pronto”, como si esto fuera un desvarío. “Los teólogos -sentenció en una ocasión- no producen las crisis; simplemente las señalan”.
Al acabar la segunda sesión del Vaticano II en 1963, fue retirado de la circulación un libro suyo sobre el Concilio. Al terminar el Vaticano II provocaron muchas discusiones sus obras sobre la Iglesia y sus estructuras. En 1970 levantó una gran polvareda su reflexión sobre la infalibilidad. Son incisivos sus últimos libros sobre la Iglesia Católica y sobre la mujer. Permanentemente crítico frente al “sistema romano”, ha mantenido con coraje su pertenencia activa a la Iglesia o -como él mismo señala-,a su “terruño espiritual”, que es el cristianismo.
Hans conoce los problemas culturales de nuestra época, la tradición cristiana, la situación espiritual de cada momento, el presente de las Iglesias y las grandes religiones hoy activas. Es maestro como expositor, tiene antenas para captar la modernidad y la posmodernidad, sintetiza investigaciones exegéticas e históricas y acuña brillantemente nuevas interpretaciones teológicas. Ha dado la vuelta al mundo por lo menos dos veces. Por eso escribe -como lo recalca él mismo- desde un “horizonte universal”. No deja títere con cabeza, sobre todo si los títeres son presuntuosos y tienen la cabeza vacía o llena de serrín.
Ha sido profesor en la Universidad de Tubinga (Alemania) desde 1959 hasta su jubilación académica en 1996 en su doble etapa, como profesor de la Facultad y de la Universidad. Numerosos líderes políticos y religiosos de Alemania le dedicaron un homenaje el 20 de marzo de 2003, con ocasión de su 75º cumpleaños, en el que destacaron sus méritos. Muchas instituciones han pedido su rehabilitación de teólogo católico. Lo han solicitado el presidente federal alemán Johannes Rau y el canciller Gerhard Schröder. No se consiguió. La ficha de Küng en el Santo Oficio 399/57 i no hay quien la borre. Que se sepa, sólo Juan XXIII, siendo Papa, logró que se destruyese la suya, después de haberla leído socarronamente.
Uno de los grandes temas que ha tratado Hans Küng es la esencia del cristianismo. Su respuesta es contundente: “No hay cristianismo sin Cristo”. Por eso el cristianismo como religión no es meramente una idea (justicia o amor, por ejemplo), ni unos dogmas (cristológicos o trinitarios), ni una cosmovisión (frente a visiones ateas), sino la persona de Cristo Jesús. Jesucristo es la figura básica viviente de los cristianos, el centro del cristianismo. Sin Jesucristo no hay historia del cristianismo, ni reunión de cristianos. Küng señala unos “elementos estructurales centrales” que iluminan la esencia del cristianismo: la fe en un solo Dios, el seguimiento de Cristo y la acción del Espíritu Santo.
Creó la Fundación Ética Mundial, de la que es director desde 1995, dedicada al fomento del diálogo interreligioso sobre postulados éticos. Ha logrado en poco tiempo que su Proyecto de ética mundial se extienda por todo el mundo, traducido a quince idiomas. Ha intervenido cuatro veces en la ONU, entre 1992 y 2001, sobre el diálogo de civilizaciones y culturas. Su prestigio ha sido reconocido con numerosos doctorados honoris causa.
Vino a Madrid en la primavera de 1957 a estudiar español, vivió en la Mutual del Clero y asistió a una corrida de toros y decidió no volver más. Como a mi me gustan los toros y estamos en España, me atrevo a decirle a Hans que sabe torear divinamente astados escolásticos, brinda desde el centro del ruedo a un gentío universal sentado democráticamente en la plaza, pone banderillas -si hace falta de fuego- a miuras que saben latín, da naturales con la izquierda a victorinos curialistas y ejecuta la suerte de matar a la primera, después de haber recibido algunas volteretas y cornadas clericales. Al final, ovación, dos orejas, vuelta al ruedo y salida a hombros por la puerta grande conciliar.
Como lo acaba de afirmar Erwin Teufel, primer ministro del Estado de Baden Württenberg, Hans Küng es “uno de los teólogos más importantes de nuestro tiempo”. Es el más audaz y brillante por los temas tratados, el sentido crítico de sus obras, su aportación ecuménica, capacidad de síntesis y testimonio cristiano. Sin duda es el teólogo católico más fecundo, original y controvertido contemporáneo y uno de los que más ha influido después del Concilio.
Hans: reconocemos tu valía y dedicación con este homenaje. Te admiramos y te queremos.
ECLESALIA, 15 de marzo de 2004
NUEVO DICCIONARIO DE PASTORAL
CASIANO FLORISTÁN, catedrático emérito de teología pastoral
ECLESALIA 15/03/04.- El Nuevo Diccionario de Pastoral, que tuve el encargo de dirigir, fue editado por la Editorial San Pablo en enero de 2003, dentro de su magnífica colección “Diccionarios San Pablo”. Al poco tiempo de su aparición recibió un varapalo increíble de José Rico Pavés, director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, quien formulaba “diez observaciones serias, cinco metodológicas y cinco doctrinales” que calificaban de negativa esta obra en su conjunto. “En mi ya larga vida de profesor universitario en teología pastoral -nos dice Casiano Floristán, responsable de la obra-, había leído una recensión tan mediocre, pretenciosa y disparatada como la del José Rico. Me mantuve en silencio y dejé que pasase la borrasca y las aguas volvieran a su cauce”. Así ocurrió.
¿Por qué levantó este diccionario una reacción tan furibunda en los medios conservadores? Se acusó al “nuevo diccionario”de no tener aprobación eclesiástica, plantear “nuevas” propuestas que hace años son antiguas, carecer de contenido dogmático, ofrecer “un manifiesto sociopolítico o cultural”, etc. En el fondo molestaba la oferta de una pastoral que tuviese en cuenta la hermenéutica bíblica, la renovación teológica, el desarrollo histórico y la realidad sociocultural, dentro de las nuevas perspectivas cristológicas y eclesiales, imprescindibles en el ejercicio de la vida cristiana, tanto personal como comunitaria.
Asimismo irritó que la obra fuese bien acogida por grupos, comunidades y movimientos eclesiales, dentro y fuera de la parroquia, ávidos de una práctica cristiana más genuina, enraizada en las fuentes del cristianismo y en el compromiso con la realidad social. El nuevo diccionario posee fundamentación bíblica, sensibilidad social, visión global, centralidad cristológica y hondura eclesial. Gracias a la decisión conciliar de entender la Iglesia como pueblo de Dios en estado de comunidad, al servicio del mundo, en aras del reino, la teología en general, y la teología pastoral en particular, han cobrado una dimensión vital. La relación de la Iglesia con el mundo es fundamental en la comprensión de la teología, entendida como teoría crítica y reflexiva de la praxis de la Iglesia y de los cristianos en la sociedad. A partir del Concilio, la teología se fundamenta en la palabra de Dios, está abierta al diálogo con las teologías protestantes y las grandes religiones, inicia un contacto fecundo con las realidades sociales y centra su reflexión en la vida cristiana.
Esta teología con dimensión pastoral, correspondiente a una espiritualidad misionera, compromisual y testimonial, indaga el sentido cristiano de la vida en los acontecimientos de la existencia, se preocupa en poner de relieve los valores de la persona y su transcendencia frente a cualquier condicionamiento socioeconómico o político y relaciona situaciones humanas con el mensaje del Nuevo Testamento. En definitiva, es teología de la existencia humana, dentro de una concepción comunitaria. Dicho de otro modo, es hermenéutica de la vida teologal, en clave eclesiológica, con talante personalista y social.
Tal como se la define hoy, la teología con dimensión pastoral es reflexión sobre la fe en Dios personalmente acogida, comunitariamente vivida y públicamente testimoniada. Vista como experiencia mística, es decir, enraizada en el misterio del Dios de Jesucristo, se entiende como sabiduría global de la vida desde un punto de vista existencial cristiano. Claro está, la fe que analiza la teología renovada pastoralmente es fe en la esperanza, teñida de justicia y caridad, no un mero tener a Dios por verdadero y a Jesucristo como Hijo de Dios. Los teólogos tienen por misión conocer científica y sapiencialmente la Escritura, la tradición y la actualidad social en función de la vida cristiana de los fieles, humana y eclesial.
Las 150 voces contenidas en esta obra, fruto del trabajo de 60 especialistas en las ciencias teológicas, se exponen de forma sencilla, constructiva, rigurosa y fundamentada, con un lenguaje accesible a los no especialistas. En la medida de lo posible, los colaboradores tienen en cuenta un tratamiento interdisciplinar, al incorporar aportaciones de ciencias afines a la teología.
La teología pastoral contenida en este diccionario no es mera consecuencia o corolario de la teología a secas, como si el teólogo dogmático estuviese en un peldaño superior al del pastoralista. Es teología de la praxis, de la acción o de la práctica de la Iglesia y de los cristianos. El punto de arranque es la vivencia personal cristiana, la experiencia comunitaria. No se deduce sino que se induce, en todo caso para deducir después. La razón de la teología pastoral es la “razón práctica”. Sólo de este modo se puede llegar a determinar eso que se llama en este diccionario “pastoral”.
Mis palabras de introducción al homenaje que la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII tributa hoy a nuestro querido amigo Hans Küng no pretenden ser una laudatio académica en toda regla, sino agradecimiento sencillo -y si cabe, con humor- por sus contribuciones teológicas, fecundas y alentadoras para muchos de nosotros.
Vi por primera vez a Hans Küng en junio de 1960, en el patio del seminario católico Wilhelmstift de Tubinga con su pelo ondulado, tupé rubio, gafas “Truman”, tez curtida por los aires y soles del montañismo y la natación, mirada socarrona, sonriente y apuesto. Iba con sandalias sin calcetines, más parecido a un franciscano de Asís que a un jesuita de Roma. Sospecho que sus zapatos los dejó en el Colegium Germanicum et Hungaricum de Roma, donde cursó tres años de filosofía y cuatro de teología (1948-1955). Llamativo contraste: mientras que algunos españoles subíamos a Alemania a estudiar teología, un suizo-alemán bajaba a cursarla en la Gregoriana de Roma. Dice Küng en sus memorias con ironía: “la Roma católica me convirtió en un católico frente a la Roma de la curia”. Ejemplar conversión.
Hans se ordenó sacerdote diocesano el 9 de mayo de 1955 y celebró su primera misa en la cripta de San Pedro, debajo de la cúpula vaticana, sin que se conmovieran sus cimientos. Sin duda, hubo amigos y familiares sólidamente cristianos que rezaron para que el misacantano saliese airoso de sus futuros combates con los responsables de la curia romana. Ese día le rodearon sus padres y hermanos, tres varones y cinco mujeres. Hans es el mayor y todos han hecho piña a su alrededor cuando ha recibido un premio académico o un monitum de la Congregación de la Doctrina de la Fe, otrora Santo Oficio, vigilado por los cardenales, Ottaviani primero y Ratzinger después.
Al volver de estudiar en Roma y pasar por su casa familiar de Sursee, pueblo suizo donde había nacido en 1928, camino de París para obtener su doctorado, se puso unos zapatos ecuménicos del almacén de su padre, comerciante de calzados, con cuya compraventa se ganaba el pan y las salchichas para su familia numerosa.
En los dos años de París redactó brillantemente su tesis sobre la justificación en Karl Barth, teólogo protestante suizo, con quien trabó gran amistad. La publicación de su trabajo causó sensación, tanto en los medios teológicos católicos como en los protestantes. Empezó a ser conocido en toda Europa, a repensar la teología de arriba abajo y a ser vigilado por monseñores germanos y romanos. Los guardas suizos del Vaticano -por respeto a su paisano- quedaron al margen.
Después de la tesis doctoral tuvo tiempo de trabajar, entre 1957 a 1959, en la pastoral directa en Lucerna, sobre todo con gente joven. Además, llegó a ser profesor auxiliar en la Universidad de Münster de 1959 a 1960.
Entonces recibió la llamada de la Universidad de Tubinga. Se hizo cargo a sus 32 años de la cátedra de teología fundamental en la Facultad de Teología Católica, famosa por su escuela -la escuela de Tubinga-, primero protestante y después católica. Justamente en enero de 1959, un año antes, había convocado Juan XXIII el Vaticano II. Casualmente yo había defendido y aprobado en diciembre de 1959 mi tesis sobre las relaciones entre la pastoral alemana y la sociología religiosa francesa, bajo la dirección del pastoralista Arnold. Por Arnold supe que el claustro de la Facultad católica de Tubinga había aceptado en 1959 a Hans Küng como catedrático en lugar de Urs von Balthasar, exquisito teólogo de la estética, la dramática y la música celestial. Desde el principio de su docencia, las clases de Küng fueron apasionantes, alabadas y discutidas, originales y valientes.
Por cierto, yo regresé de Tubinga a mi diócesis de Pamplona con mi doctorado en pastoral. Al parecer era el primero que obtenía este título en España. Un cura navarro guasón, amigo mío, me presentó a los sacerdotes diocesanos así: este es Casiano, primer pastoralista de España y quinto de Alemania.
Volvamos a Tubinga. Los profesores Küng y Ratzinger, de la misma edad, coincidieron amigablemente tres años en la Facultad de Teología de esa preciosa ciudad, de 1965 a 1968. La revuelta estudiantil del 68 ahuyentó a Ratzinger de la Tubinga liberal a la Babiera conservadora y afianzó a Küng en su cátedra, tapizada de libertad y de verdad. Uno llegó a ser el vigilante de la fe y otro el vigilado. Ratzinger se apuntó a las decisiones inquisitoriales y Küng a las preguntas inquisitivas.
En poco tiempo se hizo Hans con el dominio de las principales lenguas europeas. Lo pude comprobar anualmente en las reuniones de la revista internacional Concilium, durante la semana de Pentecostés, a lo largo de dieciocho años, a partir de 1973, en cuyo consejo editorial ingresé con Gustavo Gutiérrez. La revista Concilium había sido fundada en 1964 por los teólogos Rahner, Congar, Schillebeeckx y Küng. Las discusiones de Küng con los colegas germanos, franceses y angloamericanos sobre cualquier tema, en cualquier idioma, eran admirables.
En 1975 fui a la reunión anual de Concilium, aquel año en Nimega, con la encomienda -por parte de unos curas de Vallecas- de traer una buena suma de marcos o dólares para pagar las homilías multadas de aquellos clérigos inquietos y ayudar a los curas que estaban en la cárcel concordataria de Zamora jugando al mus. Pasé la gorra y obtuve el equivalente de lo que entonces costaba un Seat 600. No sólo fue Küng el más generoso, sino que me dijo: “Si no basta, me lo dices”.
En una ocasión, estando reunido el consejo de dirección de la revista Concilium, me dijo en voz baja Christian Duquoc, teólogo francés, delicado de salud y fino de humor: “Estos alemanes son extraordinarios; cierran por la noche el bar del hotel, donde se quedan hasta las tantas, y al comenzar temprano la reunión a la mañana siguiente, discuten como si tal cosa de metafísica”.
Al final del encuentro nos predicaban Rahner o Congar -uno sordo y otro en silla de ruedas-, pero maestros espirituales indiscutibles de la eucaristía final, celebrada en gregoriano y en latín. Menos mal que nunca se asomó por allí un grupo de progres del 68 para increparnos de reaccionarios. Definitivamente quedé admirado de aquellos grandes teólogos: eran piadosos y cantaban bien el gregoriano. Hans Küng sabía más latín que los demás, ya que lo había perfeccionado en Roma a base de silogismos.
Soy testigo del cambio que, por influencia de Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, hicieron los teólogos de Concilium respecto de la teología de la liberación, reconocida con magnanimidad. Hubo quienes aprendieron castellano para leer directamente los textos básicos latinoamericanos, editados en España, que yo me encargué de que los recibieran. Desde entonces fue tratada la teología de la liberación en Concilium con mimo, en el contexto lógico de alguna que otra discusión fraterna.
Las críticas de Küng sin pelos en la lengua a la curia romana han sido siempre claras y contundentes. “La nueva teología conciliar y posconciliar -afirma- apenas ha entrado en la curia”, en la que “se mantienen los privilegios y prerrogativas romanos usuales desde la Edad Media”. No cede Hans a los chantajes, huye de los aduladores y no se considera un “lobo solitario” ni un teólogo con “afecto antirromano”. Eso sí, pincha con una aguja fina los globos inflados de la curia, algunos llenos de aire y escasos de espíritu.
Nombrado en 1962 por Juan XXIII “perito conciliar”, trabajó activamente en el Vaticano II. Vivió paso a paso las cuatro sesiones conciliares, examinó los esquemas y los juzgó -antes y después- con lucidez singular. Como sabía escribir muy bien en latín, redactó muchas propuestas para que los obispos amigos renovadores las llevasen al aula conciliar. “No pongas mi intervención en un latín demasiado culto -le dijo una vez el cardenal belga Suenens- porque los obispos del Concilio no lo entienden. Hazlo en un latín macarrónico”.
Küng reconoce que el Concilio aceptó una serie de propósitos reformadores centrales. “A pesar de todas las decepciones- afirma-, el Concilio ha merecido la pena”.
Describe en el primer tomo de sus memorias los rasgos de los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI con vigor y sin acritud, con seriedad y una buena dosis de humor. Esperamos su juicio sobre Juan Pablo II en el segundo tomo. Retrata a los grandes teólogos que ha conocido, valora y pondera sus contribuciones, admira a los exégetas seriamente documentados y muestra sintonía con los métodos histórico-críticos, que conoce y utiliza. Tiene párrafos que divulgan cuestiones de teología, describe con agudeza a personas, alude frecuentemente a la realidad política y mira con penetración países, paisajes y paisanajes.
Perito oficial del Vaticano II, ha sido discutido por sus escritos. Propuesto en una consulta popular como candidato al obispado de Basilea, la Congregación de la Doctrina de la Fe le retiró en 1979 la misión canónica de enseñar en la Facultad de Teología de Tubinga. No podía ser considerado teólogo católico. Pienso que esto le ocurrió, no sólo por sus consideraciones teológicas, sino por sus desconsideraciones respecto del Papa y del Opus.
No obstante, siguió en esta prestigiosa universidad estatal como profesor interfacultativo de teología ecuménica por decisión del rectorado. Su lema es “decir una palabra clara, con franqueza cristiana, sin miedo a los tronos de los prelados”. Cuando le dicen “siempre fue así”, contesta: “¿Fue siempre así? ¿Y tiene que ser siempre así?”. Le han acusado de que ha hecho todo “demasiado pronto”, como si esto fuera un desvarío. “Los teólogos -sentenció en una ocasión- no producen las crisis; simplemente las señalan”.
Al acabar la segunda sesión del Vaticano II en 1963, fue retirado de la circulación un libro suyo sobre el Concilio. Al terminar el Vaticano II provocaron muchas discusiones sus obras sobre la Iglesia y sus estructuras. En 1970 levantó una gran polvareda su reflexión sobre la infalibilidad. Son incisivos sus últimos libros sobre la Iglesia Católica y sobre la mujer. Permanentemente crítico frente al “sistema romano”, ha mantenido con coraje su pertenencia activa a la Iglesia o -como él mismo señala-,a su “terruño espiritual”, que es el cristianismo.
Hans conoce los problemas culturales de nuestra época, la tradición cristiana, la situación espiritual de cada momento, el presente de las Iglesias y las grandes religiones hoy activas. Es maestro como expositor, tiene antenas para captar la modernidad y la posmodernidad, sintetiza investigaciones exegéticas e históricas y acuña brillantemente nuevas interpretaciones teológicas. Ha dado la vuelta al mundo por lo menos dos veces. Por eso escribe -como lo recalca él mismo- desde un “horizonte universal”. No deja títere con cabeza, sobre todo si los títeres son presuntuosos y tienen la cabeza vacía o llena de serrín.
Ha sido profesor en la Universidad de Tubinga (Alemania) desde 1959 hasta su jubilación académica en 1996 en su doble etapa, como profesor de la Facultad y de la Universidad. Numerosos líderes políticos y religiosos de Alemania le dedicaron un homenaje el 20 de marzo de 2003, con ocasión de su 75º cumpleaños, en el que destacaron sus méritos. Muchas instituciones han pedido su rehabilitación de teólogo católico. Lo han solicitado el presidente federal alemán Johannes Rau y el canciller Gerhard Schröder. No se consiguió. La ficha de Küng en el Santo Oficio 399/57 i no hay quien la borre. Que se sepa, sólo Juan XXIII, siendo Papa, logró que se destruyese la suya, después de haberla leído socarronamente.
Uno de los grandes temas que ha tratado Hans Küng es la esencia del cristianismo. Su respuesta es contundente: “No hay cristianismo sin Cristo”. Por eso el cristianismo como religión no es meramente una idea (justicia o amor, por ejemplo), ni unos dogmas (cristológicos o trinitarios), ni una cosmovisión (frente a visiones ateas), sino la persona de Cristo Jesús. Jesucristo es la figura básica viviente de los cristianos, el centro del cristianismo. Sin Jesucristo no hay historia del cristianismo, ni reunión de cristianos. Küng señala unos “elementos estructurales centrales” que iluminan la esencia del cristianismo: la fe en un solo Dios, el seguimiento de Cristo y la acción del Espíritu Santo.
Creó la Fundación Ética Mundial, de la que es director desde 1995, dedicada al fomento del diálogo interreligioso sobre postulados éticos. Ha logrado en poco tiempo que su Proyecto de ética mundial se extienda por todo el mundo, traducido a quince idiomas. Ha intervenido cuatro veces en la ONU, entre 1992 y 2001, sobre el diálogo de civilizaciones y culturas. Su prestigio ha sido reconocido con numerosos doctorados honoris causa.
Vino a Madrid en la primavera de 1957 a estudiar español, vivió en la Mutual del Clero y asistió a una corrida de toros y decidió no volver más. Como a mi me gustan los toros y estamos en España, me atrevo a decirle a Hans que sabe torear divinamente astados escolásticos, brinda desde el centro del ruedo a un gentío universal sentado democráticamente en la plaza, pone banderillas -si hace falta de fuego- a miuras que saben latín, da naturales con la izquierda a victorinos curialistas y ejecuta la suerte de matar a la primera, después de haber recibido algunas volteretas y cornadas clericales. Al final, ovación, dos orejas, vuelta al ruedo y salida a hombros por la puerta grande conciliar.
Como lo acaba de afirmar Erwin Teufel, primer ministro del Estado de Baden Württenberg, Hans Küng es “uno de los teólogos más importantes de nuestro tiempo”. Es el más audaz y brillante por los temas tratados, el sentido crítico de sus obras, su aportación ecuménica, capacidad de síntesis y testimonio cristiano. Sin duda es el teólogo católico más fecundo, original y controvertido contemporáneo y uno de los que más ha influido después del Concilio.
Hans: reconocemos tu valía y dedicación con este homenaje. Te admiramos y te queremos.