Autores espirituales

    Teilhard de Chardin
    Pedro Arrupe
    Pavel Florenski
    Angelo Roncalli
    Charles de Foucauld
    Cristina Kaufmann

Teilhard de Chardin

    (català)

    Pierre nació en Francia en 1881. Alumno de los jesuitas entró en la Compañía de Jesús el año 1899. Doctor en ciencias fue profesor de Geología  en el Instituto Católico de Paris. Se le dio la misión y fue subvencionado  por el Muséum para una expedición de excavaciones en la China Central. Vivió alternativamente en China y en Francia. Trabajó activamente en el descubrimiento del primer sinántropo, el hombre fósil de China. Asia le consumió el tercio de su vida.. En 1951 viajó a África del Sur, subvencionado por una fundación americana para la investigación antropológica. A partir de 1951  fija su residencia en Nueva York donde se le confía una segunda misión en África del sur. Muere en Nueva York el 10 de abril de 1955 precisamente el Domingo de Resurrección.

    Fue un gran viajero sobre la tierra. A partir de 1923 rodeó al planeta  varias veces con sus largos viajes por mar, de un continente a otro, a donde le llamaba su insaciable curiosidad. De corazón y de pensamiento era un ciudadano del universo, se sentía en casa en todas partes, porque estaba en Dios en todas partes. Aunque  tuvo que pasar gran parte de su tiempo en el laboratorio, tocar y pisar la tierra madre siempre  le rejuvenecía .Siempre estaba disponible dispuesto a salir.  Hombre de aventuras y de investigación,  siempre anheló llegar a los extremos del mundo para alcanzar nuevas visiones de globalidad. Los viajes le gustaban; para él fue una necesidad el airearse física e intelectualmente. Si aquí o allí había algo o alguien a quien ver era preciso ponerse en camino. Dios le guió por los acontecimientos que fueron los mentores principales de su vida activa.

    Tenía el instinto y la iniciativa del explorador, que le llevaron a la realización de descubrimientos de gran alcance. No le faltó resistencia física ni intrepidez,  ardor y  constancia del explorador para buscar incansablemente  los secretos de la tierra. Estaba convencido de que el internacionalismo de la ciencia era una de las conquistas del espíritu. La medida del hombre y su puesto efectivo en la Naturaleza fue el gran problema que Pierre se planteó durante toda su  vida. Consideró el ser humano en toda su amplitud situándolo en la noosfera, la esfera del espíritu, capa pensante de la tierra, tal como la biosfera es la capa de la vida. En el seno del devenir universal como evolución, vio al ser humano como heredero de las riquezas de un pasado insondable, promovido a la dignidad única del saber y de saber que sabe.

    Unió su pensar rigurosamente científico, con un espíritu filosófico de gran originalidad y un temperamento místico para quien la búsqueda de Dios a través de la obra divina fue la más ardiente de sus pasiones. Como explorador, junto con sus cajas de fósiles y las notas destinadas a sus memorias científicas, llevaba un botín invisible. Horas de recogimiento y de retiro, largas cabalgadas por el desierto, lentas travesías marítimas serán la base de sus admirables poemas místicos: “La misa sobre el mundo” i “El Medio Divino”. “No tengo más ambición, decía, sino dejar la huella de una vida lógica, tensa hacia las grandes esperanzas del mundo. En esto está el futuro de la vida religiosa de la humanidad” La lógica de la vida y de la existencia era el motor de su vida: la lógica del creador. No tuvo otra ambición que formar parte de los cimientos del futuro. Vendrá el momento, creía, que el mundo recuperaría su alma, mediante una “Iglesia conquistadora y plenamente humana”

    Tuvo sus conflictos dentro de la Iglesia, luchó como todos los grandes entre su misión y su sumisión y resolvió su problema mediante su sacrificio personal. Siempre creyó firmemente  que su mensaje se mantenía en el “eje de la verdad”  y en este sentido es interesante no olvidar lo que escribió la víspera de su muerte “Basta que la verdad aparezca una sola vez en un solo espíritu para que ya nada pueda impedirla”

    Su vida llena de complejidades y contrastes siempre fueron encauzados  por una fuerte disciplina moral y religiosa, pero sin rigideces. Había en él una extremada capacidad de acogida y llegar a él era fácil. Fue un gran amigo para todos y su clarividencia sobre las personas  y sus antenas hacia ellas le hacían descubrir más fácilmente en los demás  sus cosas buenas antes que  las malas

    Sus amigos americanos le llamaban el fine gentleman -alto, gesto enérgico y fino, mirada directa y penetrante, reservado pero “infinitamente abordable”.No rechaza ni intimida a nadie y al que se le puede decir absolutamente todo. Taciturno, a veces, cuando le aburre la compañía, se anima cuando la conversación le interesa y resulta un conversador “brillante”. Poseía el don de decir y de decirse con sencillez, a fuerza de sinceridad y de inquebrantable decisión cuando aborda los temas que son de su alma. Siempre estaba dispuesto tanto a maravillarse de una flor nueva o de una gacela corriendo en la estepa como contemplar los grandes aspectos de la tierra, cuya faz amó siempre apasionadamente. 

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Pedro Arrupe

    Sus compañeros, aunque no cursaran la carrera de medicina como él se disputaban su compañía  . Su cercanía era vivificante y les ayudaba a estudiar. Era un avanzado estudiante de medicina con brillantes notas; inicialmente sus  lecturas y aficiones se dirigían sobre todo a temas científicos. 

    Volviendo un día de Lourdes dijo “sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente tras de sí. Y lo vi tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en esta vida de desamparo, que se encendió en mí  el deseo ardiente de imitarle en esta voluntaria proximidad a los derechos del mundo” Arrupe decide ir a  Loyola y pasar por  el túnel de la ascética ignaciana. Allí demostró un conjunto de cualidades muy grande  uniendo lo natural con lo sobrenatural, la alegría con las virtudes religiosas y la entrega con el sentido del humor. Alto pálido, bien formado., de facciones pronunciadas, nariz aguileña, era una verdadera figura ignaciana. Fue aquel mundo de soledad concentrada, de abandono humano y de contacto con Dios, donde dio su primer chispazo su vocación misionera.

    Su único motivo misionero fue la voluntad de Dios. Sintió que le llamaba al Japón y por eso quiso ir allí. Su actitud de seguir en  cada momento la voluntad de Dios, o vivir “en el centro” o de ser fiel a lo profundo de uno mismo, fue una clave espiritual de toda su vida . Por fin al Japón. La “tierra prometida” ante sus propios ojos. En aquel momento apenas podía pensar, pero sí sentía y oraba. Y oró mucho en pocas palabras, poniendo todo el alma en cada una de ellas. Le entregó todo a su Dios, sin condiciones, rogándole al mismo tiempo que hiciera irrevocable su generosidad. Acababa de llegar al Japón y vivía ya las primeras impresiones que suscitaba en él aquel mundo nuevo. Dentro de sí se agitaron mil proyectos para la conversión del Japón. Su conexión con lo más profundo de sí, su unión con Dios vivida en su más profunda intimidad explica muchos de sus éxitos apostólicos allí. Su autenticidad, su unidad interna, su sencillez, la transparencia de su alma convencían más a sus oyentes que sus palabras y actividades. Era un ser osado, incansable, optimista, no se desanimaba por nada y siempre aprendía algo nuevo. Amaba la sabiduría del silencio porque vivía el diálogo interior con el “huésped de su alma”

    Su amor al Japón era tan profundo que no toleraba en su presencia murmuraciones y malas lenguas acerca de los japoneses. Era severo y varonil pero al mismo tiempo muy humano y comprensivo. Se caracterizaba por su creatividad, un hombre muy original, siempre lleno de nuevas ideas. Mucha gente quería verle y confesarse con él. Impresionaba su mansedumbre que contrastaba con la reciedumbre de los alemanes que estaban allí.. Era dulce, suave, y eso era bueno para los japoneses porque la imagen que tiene un japonés de un santo es la de un ser humilde y no violento. Su sencillez y su autenticidad fueron las virtudes que más sedujeron a cuantos le conocieron.

    Era un líder carismático . Tenía grandes ideas y con un impulso espiritual extraordinario se adelantaba a los acontecimientos y  su entusiasmo crecía cuando veía claro. Su adaptación a las circunstancias era prodigiosa. No solo podía hacer bien muchas cosas, sino que con la mayor naturalidad pasaba de la una a la otra en un intervalo de minutos, sin que se observara en él la menor violencia psicológica. Un hombre de su valentía, clarividencia y rapidez mental no siempre fue comprendido, sobre todo dentro de las instituciones que siempre se apegan a lo tradicional. Fue un hombre del Concilio antes del Concilio.

    Antes de que fuera elegido General de la Compañía los jesuitas estaban convencidos que necesitaban un General que mantuviese siempre a la Compañía unida con el mundo al que había de llevarse con eficacia  palabras de salvación. En su elección tuvieron en cuenta su temperamento de líder,  su acusada sensibilidad actual y su  aura profética. Hombre  liberal  se podía comparar con el difunto Juan XXIII,. muy abierto pero al mismo tiempo fiel a las mejores tradiciones espirituales. Le atacaban de progresista pero el contestaba que si por progresista se entiende aquel que combate las grandes injusticias sociales existentes en todas las partes del mundo, él  estaba con ellos en la línea de la doctrina social de la iglesia. 

    Con una gran visión defendía a Teilhard de Chardin que veía como un gran maestro del pensamiento contemporáneo en su grandiosa tentativa para reconciliar el mundo de la ciencia y el de la fe. El elemento cristiano, decía, está presente también en los descarriados y criminales, bajo la forma de un deseo de verdad, bondad y felicidad y nosotros hemos de ir descubriendo este elemento  en el fondo de sus almas y conduciéndolo hacia las cosas a las que tiende, la bondad, la verdad y la felicidad. Su mirada estaba puesta en el futuro y en la adaptación a los tiempos. Los temas predilectos de Arrupe eran el aggiornamento, el valor  de lo humano, la vitalidad e idealismo de la juventud, el ateísmo y la defensa del padre Teilhard de Chardin. Arrupe seguía trabajando hasta altas horas de la noche. Algo interior, como una luz, que se adivinaba en su mirada y en su magnética aura de líder carismático le mantenía incansable, jovial y sereno. 

    Pronto nacieron las discrepancias entre Pablo VI y los jesuitas, el diálogo fue difícil. Entre Pablo VI i Arrupe había una oposición de temperamentos. Mientras el primero habla de “mantener”, Arrupe habla de llevar el futuro a flor de piel. Pablo VI pronto manifestó su descontento pero Juan Lorente comentaba de él que era como un águila en el vértice mismo del risco que oteaba el mundo y le clavaba su ojo inmóvil,  que otros se anegaban en la realidad confusa pero que él sabía  entrar y salir de ella, abrazarla sin ahogarla, amarla sin desilusionarla. Sus labios, decía,  no ceden, simplemente cerrados, prefieren escuchar, callar y esperar. Sabía el qué y el dónde pero  tanteaba el cómo. Misionero de todos los futuros, mensajero de esperanza, águila, perro y monte” protagonista de todo, menos de si mismo” . 

    Arrupe defendía los Ejercicios Espirituales de la Compañía concebidos para que cada uno pueda encontrarse a sí mismo y en sí mismo encuentre a Dios. Jesucristo fue su ideal desde su entrada en la Compañía, fue y continuó siendo su camino y su fuerza. Era un hombre poseído por su misión a la que no quería quitar un solo instante de su vida.

    Un admirable equilibrio psicológico y una vida espiritual muy intensa le hacían descansar plenamente en Dios. A esta playa acudía con sus fatigas y preocupaciones y en ella encontraba indefectiblemente la paz. A los cincuenta años de su ingreso en la Compañía de Jesús dijo que cada historia personal está atravesada por un hilo conductor, cada uno distinto y original. En cada historia personal hay un secreto, que ni uno mismo alcanza a percibir plenamente. Esta parte oculta o semioculta incluso para nosotros mismos es la verdaderamente interesante, porque es la parte más íntima, más profunda, más personal; es la correlación estrecha entre Dios que es amor y que ama a cada uno de modo diverso y la persona,  que en el fondo de su esencia da una respuesta, que es única, pues no habrá otra idéntica en toda la historia. Es el secreto del maravilloso amor divino que irrumpe cuando quiere la vida de cada uno de forma inesperada, inexpresable, irracional, irresistible, pero a la vez maravillosa e irresistible”

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Pavel Florenski

    (català)

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Angelo Roncalli

    (català)

    Nació el 25 de noviembre de 1881, en Sotto il Monte. Angelo era “hijo del viñador Roncalli” . En efecto, él era descendiente de una familia campesina, profundamente católica, humilde y a la vez muy numerosa: eran trece hermanos, de los cuales él era el tercero. Fue este el ambiente en el que se iría forjando una personalidad con la que cautivaría a sus feligreses y al mundo entero: en la familia llegó a ser como un padre para todos sus hermanos, sencillo y manso, a la vez vital y exigente, siempre generoso.

    En su infancia, conjugando sus primeros estudios con los trabajos agrícolas, Angelo asistió a la escuela de su pueblo. sus amigos de infancia no tardaron en llamarle “Angelito, el cura”.

    El 10 de agosto de 1904 es ordenado sacerdote, y su primera Misa la ofició al día siguiente en la Basílica de San Pedro.

    Con el estallido de la primera guerra mundial, en 1914, se incorpora en Bérgamo al ejército, ofreciendo su servicio primero en la pastoral sanitaria, y a partir de 1916 como capellán militar.

    El 6 de diciembre de 1944, en un momento muy delicado que exigía de gran tacto y habilidad diplomática, el Papa Pío XII lo nombra Nuncio en París, a donde llega el 1 de enero de 1945. En los ocho años que duraría su labor como Nuncio Mons. Roncalli supo ganarse la estima de los franceses. Su prudencia, tacto e inteligencia, le permitieron manejar situaciones que a veces se presentaban realmente complicadas y desfavorables. Con su presencia paternal y bondadosa lograba ablandar el corazón de muchos. Su capacidad de hacer amigos y su bondad fuera de toda sospecha le ayudaron a prestar un verdadero servicio reconciliador y sanante.

    En enero de 1953 el Nuncio de París, cuando contaba ya con 71 años, fue nombrado por el Papa Pío XII Cardenal y Patriarca de Venecia, Una nueva etapa se abría entonces para él en su vida: el servicio pastoral directo. En su diario escribía: “En los pocos años que me quedan de vida, quiero ser un pastor en la plenitud del término” . Sin duda ni se imaginaba la “plenitud” que alcanzaría el término. Lo cierto es que en Venecia, libre ya de las innumerables exigencias de su antiguo e importante servicio diplomático, como persona muy activa y contemplativa pudo darle más tiempo a los encuentros cotidianos con la gente sencilla y humilde: “Se le veía rezando con frecuencia en la catedral, se paraba por las calles para hablar con la gente sencilla, como los gondoleros, visitaba las parroquias, administraba las primeras comuniones en colegios e institutos, iba a ver a los enfermos pobres de los hospitales y especialmente a los sacerdotes enfermos o ancianos, acudía a la cárcel para estar con los prisioneros y recibía a los personajes famosos en la política, las ciencias o las artes que visitaban Venecia y acababa por hacerse amigo suyo, dado su espíritu paternal y bondadoso” .

    Siempre espontáneo y cercano en el trato con la población y con el clero, desplegó también en Venecia su notable celo pastoral. Paternal y bondadosamente supo conducir por el camino de la virtud cristiana a la grey encomendada a su cuidadoContaba con 76 años cuando el 28 de octubre de 1958 era elegido para suceder en la sede petrina a S.S. Pío XII. El nuevo Papa quiso asumir el nombre del Apóstol Juan, el discípulo amado.

    A pesar de su edad el Pontífice Juan XXIII se preparaba para asumir un gran reto: convocar un nuevo Concilio Ecuménico. Juan  supo acoger la inspiración del Espíritu Santo, y, mostrando una vez más su paternal bondad y su gran energía y vitalidad en la acción llevó adelante la convocatoria del Concilio Vaticano II. Por su humilde deseo de ser un buen “párroco del mundo” supo ver la necesidad de que la Iglesia reflexionara sobre sí misma para poder responder adecuadamente a las necesidades de todos los hombres y mujeres pertenecientes a un mundo en cambio que se alejaba cada vez más de Dios.

    El espíritu de su pontificado fue definido por él mismo  con el término aggiornamento. Era el deseo del nuevo Papa y de la Iglesia toda prepararse para responder con fidelidad a los nuevos desafíos apostólicos del mundo moderno.

    Así, pues, el “Papa bueno” con fuerza mística, convocó a todos los obispos del mundo a la celebración del Concilio Vaticano II. La tarea primordial era la de prepararse a responder a los signos de los tiempos buscando, según la inspiración divina, un aggiornamiento de la Iglesia que en todo respondiese a las verdades evangélicas. Para esto planteaba el famoso aggiornamento hacia adentro, presentando a los hijos de la Iglesia la fe que ilumina y la gracia que santifica, y hacia afuera presentando ante el mundo el tesoro de la fe a través de sus enseñanzas. Estas dos dimensiones se manifestaron constantemente en su pontificado.

    Dentro de su espíritu de apertura en fidelidad se esforzó  en buscar un mayor acercamiento y unión entre los cristianos.

    El segundo Concilio Vaticano, luego de una larga y concienzuda preparación, se inició el 11 de octubre de 1962, aunque él mismo no sería el elegido para llevarlo a su feliz término. Pronto el Papa Juan XXIII se enteraba de su mortal enfermedad que le llevaría por un largo camino de pasión. Juan XXIII fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963, a poco de haberse iniciado el Concilio Vaticano II.

    Su muerte suscitó una profunda tristeza en el mundo entero. Su extraordinaria bondad y simpatía le permitió ganarse la amistad y el respeto de gente muy diversa, lo que  le mereció el calificativo de  el Papa bueno, muy activo y muy contemplativo a la vez.

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Charles de Foucauld

    (català)

    (Estrasburgo, 1858-Tamanrasset, 1916) Explorador y religioso francés. Tras una vida brillante en el ejército, emprendió un viaje de exploración a Marruecos (1883-1884). Convertido (1886), ingresó en la Trapa (1890), pero la dejó para llevar una vida más humilde en Palestina, Argelia y en el desierto, en el Ahaggar (Tamanrasset), donde se entregó a la contemplación, respetado y venerado por los tuaregs. Murió asesinado durante la I Guerra Mundial por los saqueadores sanusíes. Dejó sus Escritos espirituales (1923).

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Cristina Kaufmann

    Cristina Kaufmann nace en Baden, una pequeña ciudad, de unos 14.000 habitantes, del cantón de Argòvia, en la Suiza alemana, cerca de Zurich, el 19 de octubre de 1939, acabada de empezar la II Guerra Mundial, la cual, aunque Suiza no tomó parte directamente, influyó en su vida de infancia.

    Segundo hijo -la primera chica- de una familia católica de la cual nacieron después cinco hermanos más. Con una madre de salud delicada, pronto Cristina se encuentra, a menudo, al frente de la casa, supliendo a la madre y ocupándose de los hermanos más pequeños. Esta situación familiar, su capacidad para sacarse el trabajo adelante y su temperamento afectuoso, a la vez que enérgico, hace que el padre tenga una predilección por ella y los hermanos sientan hacia ella un atractivo especial y ella un afecto fraterno-maternal por todos ellos, por lo cual tiene un ascendente en la familia y un gran sentido de la responsabilidad.

    Atraída por una pintura de El Greco, visita España, un país mediterráneo que le ofrece una manera nueva de concebir y vivir la vida en todas sus dimensiones. Conoce las obras de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, con quien, a lo largo de la vida, se sentirá en plena sintonía espiritual y que, desde entonces, le han ido confirmando en lo que ella sentía ya dentro de su espíritu ancho, sin límites.

    Poco más tarde, en dos temporadas, viene a trabajar a Barcelona. Son los años en que en Roma se celebra el Concilio Vaticano II. Mientras tanto, en el Carmelo de Mataró, se vive este acontecimiento eclesial con el mismo interés y amor que lo habría hecho Teresa de Jesús. Se recibe y lee cada día La Gaceta del Norte, donde el sacerdote y periodista José-Luis Martín Descalzo escribe la crónica del Concilio. El ambiente comunitario es “caliente” y todo se discute y comenta con plena libertad. En este ambiente de apertura interior, pese al rigor de las normas y el aspecto externo de la clausura, el 7 de marzo de 1964, Cristina entra en nuestro Carmelo. Es acogida y ayudada por una priora y maestra de novicias de espíritu ancho, tocado e inflamado por Dios, y una comunidad apta y con inquietud para interpretar el sentir y las necesidades de la Iglesia y la humanidad en aquellos momentos históricos. Su trato es apacible, sencillo, fraterno, con sentido del humor, con una sensibilidad poética que podrá manifestar a temporadas, y, aunque reservada, no puede evitar que transparente su vida interior.

    Muy pronto, la comunidad descubre la talla intelectual y humana y el impulso interior que mueve la vida de la hermana Cristina: la pasión de amor por este Jesús que la vivifica y que será el motor de toda su vida y actividad y al cual ella responde con sencillez pero con totalidad de amor a Jesús, hecho carne en el día a día de la comunidad. Se puede muy bien decir que, como en los nombres de los personajes bíblicos, el suyo, la define: es de Cristo porque él la ha cubierto con su sombra. Es en este ambiente que el 1973 la comunidad le confía el gobierno de la misma y Cristina encuentra las puertas abiertas y un terreno preparado, durante largos y silenciosos pero eficaces años, para poder desarrollar toda la nueva visión de la vida contemplativa teresiana y que, con competencia, lleva eficazmente a término –con un intervalo de un trienio- a lo largo de 25 años.

    Durante los años que van del curso 1974-75 hasta el 1991, el Carmelo Descalzo vive, con intenso dolor, horas trascendentes, puesto que se juega el futuro inmediato de la Orden y su presencia carismática para el mundo de nuestro tiempo: la puesta al día de las Constituciones a partir del Concilio. La comunidad trabaja intensamente para conseguir una renovación adecuada y, a la vez, dar a conocer a todos los monasterios de la Orden el núcleo del problema de oposición a cualquier renovación, surgido de un grupo de monasterios del Carmelo de España. La hermana Cristina, como priora, promueve, asume, secunda y colabora en los trabajos y las gestiones de las hermanas a escala nacional e internacional.

    Creemos que es a raíz del grande y positivo eco que provoca la intervención de la hermana Cristina en la TV española, el año 1984, que a ella se le descubre como una nueva misión dentro del Carmelo: la Vida, que es el pan de cada día de nuestra vida, no puede, no debe quedar recluida en una despensa vallada e inaccesible, por la forma de clausura vigente, a los millones de humanos que van muriendo de hambre de esta Vida y a quienes llamamos “hermanos”. A partir de este hecho, se le piden intervenciones en algunos medios de comunicación, conferencias, colaboraciones, artículos, retiros, congresos… y ella, si ve un deseo sincero y una posibilidad de comunicar lo que vive, lo acepta y compagina con el gobierno de la comunidad.

    El año 2001, acaba su último periodo de gobierno de la comunidad. Es entonces cuando manifiesta el llamamiento que siente a una vida más eremítica, aun cuando en total dependencia de la comunidad. Tras consultas y discernimiento personal y comunitario y tras largos intercambios, oración y reflexión, la comunidad se lo acepta y se va a vivir a las Guilleries, en una pequeña casa, arreglada para esta finalidad. Allí se siente plenamente feliz y realizada hasta que el 18 de marzo de este año se encuentra un pequeño bulto al cuello y viene inmediatamente a Mataró para hacerse una revisión y diagnóstico médico: un cáncer linfático sobre el cual no ha servido ningún tratamiento. Ante esta realidad, ella, todavía llena de proyectos, compromisos y esperanzas, tras vivir lo que creía ser la voluntad de Dios y el proyecto de Jesús sobre ella, como Él también, acepta su Getsemaní preñado de sorpresa, miedos, azoramientos, dudas, preguntas… hasta el abandono total en manos del Padre. Quiere vivir, pero no rehusa morir, sino que, convencida de que es llegada su hora, pese a las esperanzas de los médicos y de la comunidad, acoge la muerte con firmeza de mujer fuerte, enamorada y de fe. El Jueves Santo todavía participa en la liturgia doméstica. La madrugada del Viernes Santo empieza la bajada.

    Durante estos últimos días, la comunidad ha podido vivir lo que el Evangelio, en este tiempo pascual sobre todo, nos va repitiendo de varias formas y maneras: Cristo y cada uno de nosotros no formamos más que una unidad indivisible. En el proceso de la muerte de la hermana Cristina, hemos visto reproducido el proceso interior de la muerte de Jesús. Ninguna demora; ¡nada de dejar pasar el tiempo! Su actitud, no sólo de sumisión, sino de paz, de profundo recogimiento, de total abandono activo, con soberana libertad y colaboración a la obra de Dios en ella.

    Tal como Jesús, se ha entregado a la muerte: “Nadie me toma la vida, soy yo que la doy libremente.” Sus últimas palabras a la comunidad han sido de amor: “Soy muy pobre, no tengo nada, pero os dejo el que tengo: Dios… Sólo tengo una palabra para deciros: Dios es amor”.

    Cuando se ha dado cuenta que es la hora de morir, ella, que todo lo terminaba rápidamente, se “lanza” a morir. Convencida de que es lo que Dios quiere y a Él no se le puede hacer esperar. Todo ha sido decidido, aceptado, no hay nada más que hacer ni que decir: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, sin más ruido que el silencio cargado de Vida de estas palabras.

    El Señor ha querido realizar en ella –y se ha hecho patente– lo que un día escribió en un poema inspirado en el Cristo de la iglesia del monasterio: “…te queda Dios, te queda TODO”.

    Y este TODO, el martes de Pascua del 2006, 18 de abril, ha querido hacerla participar de la Resurrección de Jesús, de manera plena y definitiva.

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